Bazan par Edmond de Goncourt

6 novembre 2010

JOURNAL DES GONCOURT 

Mémoires de la vie mittéraire

TOME HUITIEME 1889-1891

BIBLIOTHEQUE-CHARPENTIER

1895

 

Dimanche 23 juin. — Beaucoup de monde chez moi. Mme Pardo Bazan, plus bien portante, plus sonore que jamais, m’apprend que décidément elle a trouvé un éditeur pour sa traduction des Frères Zemganno, qui sera illustrée par le plus célèbre dessinateur espagnol du moment.

Los Goncourt por Emilia Pardo Bazán

6 novembre 2010

Al pie de la Torre Eiffel – 1889

Carta VII
Los Goncourt.

París, Mayo 21

 

Me lie propuesto no dar á estas cartas el trillado carácter de crónicas ó reseñas de la Exposición, y alternar las descripciones del gran Certamen internacional con impresiones más íntimas, aunque de general interés, por referirse á cosas ó personas que siempre y con justo derecho han ocupado la atención pública. En consecuencia, hoy descansaré de haber descrito la ruidosa fiesta inaugural, hablando de uno de los personajes más típicos en la literatura francesa actual, más influyentes en el movimiento estético de la segunda mitad del siglo XIX .
Aunque voy á tratar de Edmundo de Goncourt, no se olvide que este insigne novelista é historiador no está nunca solo en mi pensamiento, ni en el de ninguno de sus admiradores fervientes, que ya son muchos y aumentan cada día. El nombre de Edmundo de Goncourt es inseparable del de su hermano Julio, con quien vivió perpetuamente unido en estrecha colaboración literaria y entrañable ternura, hasta que la muerte vino á desatar este lazo, rompiendo á la vez el corazón del hermano que dejó en el mundo, al llevarse al otro hacia «la costa inexplorada de donde nunca regresó el viajero.» En Francia se dice les Goncourt como se podría decir Castor y Polux, Orestes y Pílades, los inseparables de la amistad, del arte y de la historia, en fin. Escritores por vocación ambos hermanos; dotados de una sensibilidad hasta dolorosa para sentir el aguijón de la crítica; con una epidermis más fina que cascara de cebolla para advertir el menor rozamiento en su amor propio artístico, no asomó nunca entre ellos ni leve indicio de emiüación: colaboraban lo mismo que se respira, sin distinguir la parte alícuota de cada uno, porque no sólo escribían con la misma pluma, sino que pensaban con la misma alma. Su gemelismo era perfecto.

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Los Goncourt nacieron de noble familia, de glorioso abolengo militar, ilustrado en las guerras del Imperio. Esta ascendencia se patentiza, se ve señalada en las facciones del mayor y en el retrato del menor. A la edad que hoy cuenta, y que presto frisará en los sesenta años, Edmundo tiene el aspceto de un veterano de la era napoleónica, y es preciso mirarle muy de cerca para advertir en su semblante y en sus ojos Huellas de la pacífica, pero devoradora é intensa vida literaria. Si ahora cierro los ojos, me parece divisarle sentado ante mi mesita del hotel, lo mismo que estaba ante la de su original despacho, diciéndome con perspicaz y bondadosa sonrisa: Je pose pour vous: faites donc mon portrait. Y veo su gesticulación y podría dibujarle—con la fuerza óptica que poseemos los miopes—sin olvidar ápice de su hermosa fisonomía. Edmundo de Goncourt es alto y de buenas carnes, aunque no excesivamente grueso: tiene la cabeza de más que mediano tamaño, sin desproporción, y su’ apostura es noble y distinguida, aun para los que le vemos por su casa en zapatillas y chaquetón holgado. Gasta el bigote blanco, retorcido y marcial, y la perilla guerrera. Su cabello, largo como el de casi todos los escritores franceses, es también cano, con reflejos de plata, sedoso y brillante. Sus ojos negros revelan en el mirar extraordinaria energía, al par que los cruzan ráfagas de timidez, y sus pupilas están casi siempre dilatadas, como si hubiese absorbido belladona. Dilátanse también con frecuencia las movibles alas de su fina nariz, bien diseñada y palpitante al soplo de la idea y al aura del pensamiento. Sus cejas, altas hacia el entrecejo, descienden rápidamente en las sienes, lo cual presta á su cara un sello natural de melancolia. Su barbilla es pronunciada y con meseta. Su cabeza, ancha en la parte frontal, es plana en el cogote, allí donde, en opinión de los frenólogos, se revelan los instintos materiales y las imposiciones del temperamento. La frente es lobulosa, enérgicamente levantada sobre las cejas, aunque deprimida en la sien: las dos protuberancias que la acentúan parecen concreción visible de la memoria y de las dotes de observador. La tez, que, según confesión propia, era pálida cuando Edmundo mantenía arraigada la costumbre de fumar, ahora es blanca, levemente sonrosada, y muestra la delicadeza del cutis de las personas reclusas, caseras y metódicas, tres condiciones que posee en alto grado el inmortal autor de Chérie.

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Como en la envoltura carnal de un espíritu tan elevado todo merece notarse, porque el alma se imprime en visibles caracteres sobre la materia, diré que también he reparado las manos y las orejas de Edmundo de Goncourt. Estas se encuentran colocadas muy abajo, muy próximas al cuello: son conquiformes y nada despegadas, señales todas de raza selecta. Aquellas—las manos—son luengas, de afilados dedos, flexibles como las de los violinistas. Una mano regordeta, rechoncha, ancha ó dura de articulaciones, nunca hubiera podido trazar las páginas recamadas, quintesenciadas y cuajadas de filigranas de estilo y perlitas de observación, que abundan en los libros de Goncourt.
En cuanto á Julio, el menor, le conozco por el retrato que me enseñó su hermano esta mañana. Voyez comme il était beau, me dijo lleno de fraternal orgullo: y, en efecto, el cristal reflejaba la imagen de un gallardo mancebo, de ese tipo caballeresco lorenés. que en Francia suele llamarse rubio heroico. El bigote dorado, los ojos azules llenos de vida y dulzura, las bellas facciones, la boca, pequeña y rosada, «como una boca de mujer, » compondrían una figura afeminada, si la luz de la inteligencia y la vaga tristeza dela vocación y lucha artística no corrigiesen lo vulgar y casi antipático que hay en un hombre tan bonito y gentil. Al mirar el daguerreotipo (pues daguerreotipo era lo que Edmundo me enseñó), yo pensaba que el hermano mayor, tal como hoy se encuentra, valemás, desde el punto de vista estético-literario, que el lindo mozo cuyo retrato me muestra con tan ingenua presunción de que va á entusiasmarme. El escritor adquiere su verdadera hermosura cuando en los rasgos de la faz, en la expresión de la mirada, en lo queso llama la cabeza (doble fisonomía material y espiritual) ha venido á grabarse y condensarse todo el vigor y el dinamismo de su. obra. Recuerdo que Zola, hablando de Gustavo Flaubert, dice que el autor de Madama Bovary, ya cincuentón, lamentaba á menudo la pérdida de sus cabellos y la desaparición de sus gracias juveniles. «Nosotros—agrega el jefe de la escuela naturalista—mirábamos á Flaubert y no comprendíamos sus quejas. Su ancha frente calva, su abultado semblante, nos parecían la cosa más bella del mundo para un artista y un pensador.»
Me pasa algo semejante, y prefiero la blanca guedeja de Edmundo á los ensortijados cabellos blondos de Julio de Goncourt.

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Pero á su hermano me guardé bien de decírselo. La lisonja más dulce y grata que puede dirigirse al Goncourt vivo es celebrar al Goncourt muerto. Ejemplo igual de cariño fraterno nunca lo registran los fastos literarios, ni es tan frecuente en los simples mortales que pueda yo recordar ahora otro caso de hermanos unidos así, verdaderos mellizos Siameses, adheridos, no por el costado, sino por el espíritu.
De tal manera llenó este mutuo afecto la existencia de entrambos, que prescindieron de lo que para casi todos es eje y norte de la vida, el amor de la mujer, y se volvieron algo misóginos, como Zola, quedándose solteros, solterones por mejor decir, lo que Zola no hizo. De algunos pasajes del Diario de los Goncourt; de indicaciones fugaces, pero elocuentes, que se destacan aquí y allí en sus libros, resulta que los dos hermanos tuvieron, como cada quisque, aventuras apasionadas, de esas que distraen y embellecen los días de la juventud; pero no llegaron tales devaneos á hacer estado en su existencia, ni á embelesarlos de suerte que les aislasen, prevaleciendo sobre el cariño fraternal. La pasión verdadera; la que todo lo arrolla y por cima de todo se impone; la que, si es lícita, conduce á la formación del hogar, y si es ilícita puede arrastrar á la desesperación y al suicidio, no tuvo cabida en la historia de los Goncourt. Hasta parece, en ocasiones, que se muestran irritados con la sola idea de que una mujer les disputase el puesto que el uno ocupaba en el corazón del otro, y en sus páginas asoma un desprecio profundo hacia la limitación del alma de la mujer. «Lo bello— dice Goncourt en un pasaje de sus obras— es aquello que nuestra querida encuentra horrible por instinto.»
Yo me he explicado esta definición curiosa y paradójica. Veo á la hetaria parisiense, tan diferente de las de Atenas; á esa mujer archivulgar, hija de un portero, acostumbrada en su juventud á almorzar con diez céntimos de leche y un panecillo de cinco céntimos; esa mujer que en materia de arte sabe martirizar el piano, y en materia de historia no ignora que Juana de Arco fué así á modo de una cantinera; esa mujer que no dice más que gansadas y que se rodea de un lujo chillón y cursi; y la veo entrar en el saloncito de casa de Goncourt, y confundir «el petit point Luis XVI auténtico que tapiza los muebles, con la grosera imitación vendida en los bazares; la veo tratar de laid potiche el maravilloso jarrón japonés, pieza, única, que Edmundo describe con tanta complacencia en su Maison d’un artiste; la veo insensible al encanto de un muñequito de Sajonia, y capaz tal vez, la muy necia, de confundir una cromolitografía con un grabado de Boucher ó Watteau antes de la letra y á toda margen…; y entonces veo también á Edmundo pálido de reconcentrada ira, empujándola bacia fuera con desdén, y diciendo luego á Julio, entre bocanada y bocanada de cigarrillo: «Lo bello es lo que nuestra criada y nuestra querida encuentran por instinto horrible.»
En París se refiere, sin dar gran importancia al hecho, que los dos hermanos tenían una misma maítresse asalariada. Ignoro si es verdad, y aun creo fácil que la malicia haya sacado partido de la extremosa adhesión de los dos hermanos para satirizarles y denigrarles un poco: mas á ser cierto el caso, probaría, al par de una facilidad de costumbres que en Francia siempre reinó, la suprema indiferencia de Julio y Edmundo por la mera necesidad física que era para ellos la mujer, toda vez que en las necesidades morales y afectivas los dos se bastaban y se completaban.

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Uno de los libros más interesantes de los Goncourt es El amor en el siglo XVIII: yo lo be leído en la lindísima edición de Dentu, que es un primor tipográfico, con encantadoras viñetas de la época. En opinión del autor, el amor, hasta el siglo X V I I I , es un ideal transmitido por la caballería; pero bajo Luis XV se transforma, convirtiéndose en mero deseo. Todo el siglo XVIII no es más que voluptuosidad; en el vestir, en los polvos del peinado, en los chapines y en las medias caladas de seda finísima, en los provocativos escotes, en los colores lánguidos de las telas, en el maridaje del azul y el rosa, en las flores sembradas por las cortinas y por los vestidos y tocados de las damas, en las formas contorneadas y muelles del mueblaje, en el afeite, los lunares, el carmín postizo de la tez, en el dorado y las pinturillas galantes de las sillas de manos, en la literatura misma, con sus madrigales y su erotismo rococó, se descubre una afeminación incompatible con el sentimiento fuerte y sincero que determina la pasión amorosa, y una pendiente irresistible que conduce al libertinaje. Símbolos de tortolillas que se arrullan; cintas color de aurora; mitología risueña y género pastoril de salón; techos donde nadan los cupidillos en el fluido azul de la turquesa; abanicos de nácar y oro; miniaturas rodeadas de brillantes; todas las menudencias de una época frivola y corrompida—porque acaso la corrupción no es en el fondo más que frivolidad—dan indicio de que en el siglo XVIII faltaban las energías del sentimiento y preponderaban las enervaciones de la molicie.
Ese siglo—que sólo puede retratarse al pastel—ese siglo de país de abanico, subyugó la imaginación de Groncourt, se apoderó de ella, y á pesar de todo el modernismo y sentido de lo actual, que no ha negado nadie á los autores de Eeneé Mauperin, impidió probablemente á los dos hermanos enamorarse de la mujer de hoy, tan distinta de la verdadera mujer anterior á la Revolución, doblemente seductora por lo mismo que ha desaparecido, que es inaccesible ya.
Es indudable que de los períodos históricos y de las razas humanas hay siempre uno que ejerce sobre nuestra fantasía fascinación poderosa, y cuya mujer representa el ideal. El uno sueña con la pálida castellana de luengo peto y brial rozagante; el otro se perdería por una griega de estola flotante y correcto perfil de camafeo; al de más allá le persigue la imagen de las beldades de Oriente, indolentes y cautivas, de negrísimos ojos y seno cargado de collares; tal francés delira por una maja española, de pie diminuto, y hasta conozco quien gusta de las hermosuras amarillas de Cochinchina ó de las negras africanas. Pues en mi concepto, los hermanos Goncourt se prendaron idealmente de la dama del siglo XVIII , con sus polvos y su tontillo. Recuerdo que habiéndome pedido Edmundo mi fotografía á cambio de la suya, acerté á darle una bastante artística, en que efectivamente el peinado y no sé qué disposición del traje recuerdan algo los medallones de miniatura. Y el maestro, con el tono de quien profiere la mayor alabanza, exclamó:— «¡Calle! ¡Si tiene usted una cabeza del siglo XVIII!»
Séame lícito creer, para explicarme la deficiencia pasional de los Goncourt, que, aparte de su unión estrechísima, que les impidió pensar en constituir otra familia, tal vez amaron con la fantasía á aquellas encantadoras acuarelas del siglo pasado, á algunas de las cuales consagraron volúmenes de su prosa; María Antonieta, con su pañoleta de linón y su sombrerillo coronado de rosas; la duquesa de Chateauroux, la de la piel de marfil; madama de Pompadour, la excelsa creadora del rococó, la coleccionista acérrima, la musa de la estampa, del grabado y de la pintura suave; la Du Barry, protectora de los artistas en medio de la decadencia general; madama Geoffrin, la amena conversadora, y tantas y tantas como podrían citarse. Las figuras de aquella época que hoy, gracias á los Goncourt, está más de moda que nunca, se encuentran lo bastante próximas á nosotros para excitar la mente y aun los sentidos. Todavía queda, en el fondo de los frasquitos esmaltados de entonces, un perfume sin evaporar; aún se encuentran en los cajones prendas íntimas del tocado de nuestras abuelas, encajes amarillentos y delicados mitones; y cuanto de ellas podemos recoger respira coquetería, elegancia, esa femeninidad tan encarecida por los Goncourt. Nuestras bisabuelas no concebirían los ropajes y prendas varoniles que boy usamos para mayor comodidad: el pie, acostumbrado al chapín de rojo ó dorado tacón, mal podría encerrarse en la bota inglesa de doble suela; la garganta, hecha al collar ó al blando fichú de encaje, no soportaría el cuello recto y almidonado; la cabecita, engalanada con plumas y moños de seda, no admitiría la severidad del fieltro amazona. Hasta los hábitos masculinos comunicados á las mujeres revestían forma selecta: las señoras tomaban rapé, pero en caja de oro, con preciosos esmaltes é incrustaciones de pedrería. Y si á estos atractivos de la mujer del siglo XVIII se añade el de la inteligencia; si se considera que nunca, ni en los tiempos de Pericles, ostentó mayor agudeza é ingenio, ni se igualó más al hombre por la afición á las ciencias y el conocimiento y goce de las artes, fuerza será convenir que los Goncourt han dado Tina prueba soberana de buen gusto al soñar hasta el último instante con ese tipo tipo… ya desvanecido ¡ay! para siempre.

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Es muy digno de notarse en los Goncourt que habiendo vivido solterones y sin lazo vipuramente espiritual, con la princesa Matilde Bonaparte), son, sin embargo, los más hábiles pintores y más hondos analizadores del carácter de la mujer, y todos sus libros gravitan en torno de alguna figura femenil. Los Goncourt han escrito dos clases de obras: la novela—en que lograron colocarse á la altura de los más altos, y ser precursores del naturalismo francés—y las investigaciones históricas, en que sus aptitudes de coleccionistas y de escudriñadores del corazón les enseña á descubrir é interpretar detalles que los historiadores de oficio, con muy mal acuerdo, desdeñan y desatienden. Pues en ambos géneros los Goncourt hacen converger la luz en torno de un tipo femenino, estudiado á fondo, visto al microscopio, examinado en las más mínimas facetas de su complejo organismo. Hasta el título de sus novelas es, con raras excepciones, un nombre de mujer.
Germinie Lacerteux, la criada histérica; Soeur Philomène, la religiosa angelical; Manette Salomon, la modelo implacable, hebrea de condición como de raza; La fille Elisa, la desventurada ramera; Madame Gervaisais, la librepensadora convertida al catolicismo; Henée Mauperin, la joven burguesa apasionada; Chérie, la víctima de la neurosis, la aristocrática niña enamorada sin saber de quién y consumida en su propia y silenciosa llama; Henriette Maréchal, la mujer madura, víctima de los desengaños que la edad trae consigo, y, por último, en el mismo Charles Demailley, la ingenua, ó dama joven, como aquí diríamos, son acabados retratos de mujer, en que cada pincelada revela la diestra mano del miniaturista. La única novela en que la mujer apenas juega papel alguno, es la que yo be traducido al castellano y se publicará muy en breve: Los Hermanos Zemganno, donde, bajo el transparente velo de la ficción, la biografía de dos acróbatas, Edmundo ha representado su cariño fraternal y su colaboración literaria con Julio. En los libros históricos se destacan igualmente mujeres, siempre mujeres. El conjunto de la labor de los (Goncourt pudiera llamarse el eterno femenino.
En su complexión, los dos hermanos demuestran padecer la exaltada sensibilidad nerviosa que suele caracterizar á mi sexo. Su temperamento es femenino igualmente. La acuidad de sus sensaciones y la enfermiza irritabilidad de la epidermis de su espíritu, son todo lo contrario de la gravedad, estoicismo y fortaleza que en el varón deben suponerse. Pertenecen á esta generación contemporánea que, infiltrada de romanticismo hasta la medula y falta de fe, necesita sustituir el entusiasmo por los grandes ideales, con el fanatismo de las manías, y se profesa esclava de la forma y la expresión, no pudiendo ceñirse á la majestuosa sencillez de los antiguos modelos.

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Tan caracterizado es en los Goncourt este estado psíquico, que á Julio—según confesión de su propio hermano—hubo de costarle la vida. El poco éxito de sus primeras novelas; las burlas y las rudezas de los críticos, incapaces de entender la nueva fórmula que los dos hermanos traían al arte; la asidua y dolorosa labor de cincelar, recorrer y acicalar la frase; la penosa gestación de la idea, pararon en que el Goncourt joven se sintiese acometido de una especie de fiebre epiléptica, que rápidamente le llevó al sepulcro. Quedóse Edmundo tan inconsolable y desaparejado como cualquiera puede figurarse. Su salud, siempre endeble, mostróse desde entonces más resentida, y acaso por esta razón, el insigne prosista dio en el capricho de opiinar y sostener que una persona robusta y sana no es capaz de sentir la calentura de la inspiración, y que para crear algo artístico es necesario encontrarse bastante enfermo. No ha mucho defendió delante de mí con calor tan extraña teoría.
—Señor de Goncourt, le respondí; lo que usted asienta me aflige tanto, que es menester rebatirlo y protestar. Yo me he dedicado alarte, mejor dicho, á la literatura, desde que tuve uso de razón. Mis goces más intensos y más duraderos, al arte los debí. No sólo ante un poema ó una página de primer orden, pero ante un cuadro, estatua, ánfora ó’ pieza de bronce bien labrado experimento impresiones tan delicadas y gratas, que no •concedo á nadie pueda experimentarlas superiores. No entiendo de cachivaches y antitiguallas chinescas lo que usted; no puedo diferenciar un vaso encontrado en las sepulturas de la dinastía de los Tang (azul cielo después de haber llovido) de otro de la dinastía de los Tsing (cou el nien liao del emperador Khang-hy); pero tengo una viveza y frescura tal en la fantasía, que se me figura que lo que de eso no conozco, lo adivino, y que nada pierdo con no estar en los menores ápices. No me toca alabarme, ni sé si es alabanza lo que voy á decir: allá en mi país natal gozo yo fama de sorprender los detalles micrográficos y las irisaciones imperceptibles de las cosas. Y, sin embargo, señor de Ooncourt, estoy buena ó sana; he disfrutado de excelente salud desde que nací; me precio de un estómago inmejorable; he llenado cumplidamente las funciones de madre y nodriza, y mis nervios no me dan guerra. ¿Cómo explica usted este caso, que echa por tierra sus teorías de usted? O yo soy una infeliz que se forja la ilusión de sentir el arte cuando realmente no merece pasar de la categoría de leño que anda, ó… lo que usted dice no lleva camino.
Goncourt, á estas objeciones, enarca aún más las cejas y mueve la cabeza como diciendo: Malgré tout… En mi concepto la opinión del insigne novelista, aunque tenga su laclo defendible, no pasa de ser un exclusivismo, erróneo á fuer de tal. Así como hay flores de estufa y flores monteses, rosas de los setos y rosas enanas de habitación, hay arte sano y arte dolorido; y todo es arte. Los griegos, que rebosaban vigor físico y equilibrio moral, desarrollaron un arte sublime; los bizantinos, en su decadencia, crearon las maravillas del mosaico y de la iconografía cristiana. El eclecticismo es la única filosofía que resuelve las aparentes antinomias de la belleza.

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Volviendo á Edmundo de Goncourt, diré que vive en Auteuil, en un nido de celibatario que es un museo de rarezas y curiosidades. Porcelanas de Sévres y Sajonia, China y el Japón; grabados, aguas fuertes y libros inestimables, algunos que tienen el recuerdo histórico de haber pertenecido, verbigracia, á la Pompadour ó á María Antonieta; opúsculos y proclamas de períodos revolucionarios; «platos, platos, platos, que destacan sobre la pared sus esmaltados discos; »pipas esculpidas; la cama que fué de la princesa de Lamballe,y donde hoy duerme Edmundo; tapicerías antiguas de Aubusson; monigotes de marfil japonés; floreros de ese bonito Satsuma, que sobre la rancia blancura de la porcelana dibuja personajes negros realzados con oro; leakemonos ó cuadritos bordados del Japón asimismo; sables que son un poema del cincel de algún desconocido artista oriental; lacas, tapices persas, aguadas, candelabros de bronce derado y gusto rococó… en fin, ¿quién puede contar las preciosidades que los dos entusiastas coleccionistas han logrado reunir en la casita de Auteuil, empleando tiempo y dinero, porque no les faltaba ninguna de las dos armas indispensables para la conquista de todos los reinos del mundo?
A propósito de esta artística morada, Edmundo de Groncourt dice con efusión: «Cuando uno es joven, nada más fácil que dormir en un cuchitril. Nos acompaña el grato ambiente de la salud y el luminoso regocijo de los pocos años, Pero al punto que nos volvemos viejos, achacosos, regañones, conviene pensar en arreglar para la enfermedad un gentil alojamiento, donde parezca menos fea á los demás y á nosotros mismos, preparándose á recibir con elegancia y sibaritismo á la muerte que llega.»
La tertulia literaria de Edmundo de Groncourt se celebra en lo que él llama buhardilla ó desván, por ser una pieza del tercer piso, no menos bien decorada que las demás de la casa. Allí he asistido muchos domingos, gozando del doble placer de huir del vulgar, del insufrible domingo parisiense, y de ver y oir á los personajes más elevados de lamoderna novela naturalista, y, por consiguiente, lo más vivo y actual de las letras francesas. Recostada en un diván forrado de tela turca, en la esquina de la habitación próxima á la ventana que cae al jardín, yo observaba, aprovechando mi condición de extranjera para hablar poco y enterarme mejor.

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Es de advertir que la tertulia de todo tiene menos de animada y bullanguera: la tristeza de esto que han dado en llamar «fin de siglo;» el enervamiento de la actual generación literaria, refluye en ella de extraordinario modo, y allí ni se ríe, ni se bebe, ni se cuentan chascarrillos, ni apenas se disputa. Se ve que los tertulianos van sin abandono ni deseo de expansión, penetrados del egoísmo de su individualidad; con los dientes -aguzados y los puños en ristre para boxear en la lucha por la fama, la gloria y el dinero; tiesos, correctos, rebosando pose, y con esa afectación de burguesa reserva que hoy es la consigna del buen gusto en los literatos. En todos ellos he notado además (y la observación me infundió, claro está, profundísimo disgusto) que lo que pasa fuera del horizonte de París les importa un rábano. El movimiento literario español ni siquiera les inspira la curiosidad que á mí me inspiraría el de Laponia, si un lapón llegase á visitarme desde su helada tierra. Impregnados hasta los tuétanos de vulgares preocupaciones, lo único que á los literatos franceses les merece interés en España son las manólas, las naranjas, los toros, el beau soleil y los ladrones en gavilla.
Así, mientras ellos creen qne los admiro, yo les analizo, no siempre con benevolencia. Mi rincón en el sofá de Goncourt es un observatorio. Desfila ante mis ojos Zola, vestido como artesano en día de domingo, con una ropa del corte más cursi que imaginarse pueda, rechoncho, barbudo, descolorido, mal engestado y peor humorado, paseando de arriba abajo por la habitación, con las manos metidas en los bolsillos, sin que se vea de sus ojos más que el brillo de los cristales de sus lentes. Zola era antes de los tertulianos más asiduos de Goncourt; hoy se han producido entre los dos no sé qué rozamientos, y la amistad se ha enfriado un poco. El que anda por allí muy prodigado es Alfonso Daudet: se le encuentra por todos los rincones, recostado con indolencia, pálido también y como deshecho, la faz contraída por un tic convulsivo, la luenga melena toda revuelta y aceitosa. No falta Guy de Maupassant, ni Pablo Alexis, ni Karl Huysmanns, el original y pesimista autor de A rebours. Todos estos caballeros justifican la teoría de Goncourt: tienen unas caras fatales, un aspecto que da ganas de enviarles á tomar baños de mar, ó de recetarles jarabe de hierro; su conversación no descuella por lo discreta ni por lo docta; sea para alardear de espíritus fuertes, ó sea que en realidad sienten de ese modo, lo que más parece preocuparles son los intereses materiales cuotidianos; á- Huysmanns le he oído deplorar amargamentela marcha de una cocinera: y la tertulia de Goncourt, que debiera ser la flor y nata de la cultura francesa, consagró más de un cuarto de hora á la cocinera de Huysmanns. Rara vez se establece una de esas conversaciones eléctricas en que chispea el ingenio: rara vez sale Daudet de su concha para referir con gracia meridional cosillas que tienen el corte de las páginas de sus libros: las inyecciones  ele morfina y los alifafes nerviosos le traen tan abatido, que parece, según, decía malévolamente uno de los tertulianos, una rata muerta en el cesto de un trapero. En cuanto á Zola, suele hablar por monosílabos, pasea que te pasearás, dejando caer las palabras como si soltase pedruscos. Diríase que allí va todo el mundo con el propósito de reservarse, de economizar cerebro para que no falte cuando lo pida el editor, de no pronunciar frase ni derrochar idea que el día de mañana utilice un compañeroplagiario. He notado además una gran deficiencia de cordialidad: aquella gente, si se quiere bien, lo disimula.
El cigarro ayuda á entretener los largos silencios de la tertulia melancólica. Aveces, Edmundo de Goncourt abre una alacena incrustada en la pared, saca una botella de Kioto de pescuezo largo como el de una cigüeña, y nos convida á un horrible aguardiente japonés, que sabe á sain, á ajenjo y á demonios. Apurado el cáliz de amargura, nos pregunta con bondad afectuosa si queremos repetir.
Mujeres, sólo lie visto allí á la señora de Daudet, que podrá tener sus cuarenta y tantos, y no desdice de la atmósfera que la rodea, porque á pesar de ser amable, es tristona y avinagrada, y la señora del editor Charpentier, simpática y bonachona. Yo compongo, cuando nos reunimos, el número tres: por lo regular no van ellas todos los domingos.

* * *

Así vive, lejos del mundo y sin querer penetrar en él, Edmundo de Goncourt, en mi concepto el más caracterizado de los maestros de la novela contemporánea. Es, sin embargo, el menos conocido del público español. Casi podría decir que en mi patria no se le conoce ni poco ni mucho. Su nombre ha sonado, es cierto, de ocho ó diez años acá en labios de algunos que somos sus partidarios constantes; pero el vulgo, ya prendado de Daudet, y siempre dominado por Zola, no tiene del Goncourt impar ni de la fraternal pareja Goncourt, sino esa noción vaga y casi siempre falsa que se forma de un autor no habiendo leído sus obras. La manía de poner á los lectores españoles en relación con mi admirable novelista Goncourt, es ya añeja en mí—y entiéndase que cuando digo Goncourt me refiero á los trabajos de los dos hermanos indistintamente.—En la Cuestión palpitante les consagré mención especialísima, declarándome devota de esa capillita bizantina, pintada y dorada, con curiosas miniaturas y mosaicos; y si no incurro en el error de suponer que Goncourt puede servir de modelo especial á los artistas españoles (no lo permite el genio de nuestra raza ni la índole de nuestra tradición), juzgo indiscutible su poderoso influjo sobre el arte moderno en general. La pintura, el grabado, los muebles, las ropas, todo está ya infiltrado del exotismo japonés y de la molicie del rococó, los dos estilos que Goncourt puso de moda, las dos lindas aberraciones artísticas en que se complace la decadencia actual.
En Francia puede notarse que si la popularidad de Goncourt es inferior á la de Daudet y Zola, su influjo es mayor sobre los refinados, los pensadores y los artistas. Y se comprende. El gongorismo ó deliquescencia de Goncourt, poco á propósito para ser entendido por las muchedumbres, tiene que fascinar á los enamorados de la forma, á los decadentistas y á los simbolistas que surgen en todo período de enervación. El semidiós de la nueva generación literaria será siempre
el que más sutilice, el que más acicale, el que diga con talento cosas más raras y disloque mejor el entendimiento: Flaubert, Baudelaire, Barbey d’Aurevilly y Goncourt son los maestros que hoy tienen fanáticos, y ante los cuales nuestra época literaria quema los extraños perfumes que arden en el altar de los ídolos y los Budas estrafalarios de Oriente.
Goncourt será naturalista; pero es lo menos natural que se conoce. La naturaleza amplia y sencilla no le atrae; lo artificial, en cambio, le produce el mayor deleite. Para demostrarlo me bastará extractar un fragmento de la descripción que lince de su propio jardín, que encontró inculto y libre, y se entretuvo en tapizar y adornar como quien adorna un saloncito:
«He elegido los arbustos entre los más raros, porque lo raro, dígase lo que se quiera, es casi siempre lo bello. He querido tener ante los ojos un jardín de pintor, una paleta de tonos verdes, desde el más negruzco hasta el más claro, pasando por los verdes azulados, los verdes tostados y las hojas rosadas y pálidas. En mis aficiones de jardinero hay algo de bibéloterie; me gusta el arbusto bien podado, de linda traza arquitectónica, con graciosas manchas, que viene á ser una especie de objeto de arte. Lo coloco en mi jardín lo mismo que colocaría en mi cuarto un mueble exquisito.»
En Italia contraje la afición de los jardines amueblados, donde por do quiera asoman, entre el verdor del follaje, fragmentos de bronce, de mármol, de barro cocido y de loza. Así es que sembré mi jardinete de estatuillas de porcelona y Cupidos de bronce; de grullas japonesas, de bajo-relieves; basta puse un delfín de antigua Sajonia.»
¡Lo artificial! ¡Lo artificial! Pero ¿acaso es otra cosa el arte? Sobre la imitación de la naturaleza está el poder misterioso de la Idea, bija de la mente humana; la Idea, que se hace carne en el mármol, en el marfil, en el bronce y hasta en el papel. Edmundo de Goncourt, el gran artificialista, ha sido acusado de naturalismo brutal; y cierto día, después de leer un periódico donde le ponían cual digan dueñas y le arrastraban por el lodo, recuerdo que el maestro alzó la frente, me miró con ojos que destellaban inteligencia y dulzura desconfiada, arrugó el periódico, y me preguntó:
—Señora Pardo Bazán… ¿es verdad que soy tan marrano como aquí aseguran?

Una Excursion a Sitjes por Miguel Utrillo

6 novembre 2010

La Vanguardia, Barcelona, lúnes 22 julio 1895

 

Si puediera presindirse del caprichoso horario que rije los destinos de los trenes que pasan por Sitjes, este precioso pueblo sería sencillamente un artístico complemento de Barcelona. Bajo este supuesto, doña Emilia Pardo Bazán ha visitado el celebrado pueblo blanco y el Cau Ferrat, el original nido artístico creado por Santiago Rusiñol.
Las bellezas allí reunidas y la admirable situación del Cau merecen ciertamente la visita, pero en esta ocasión, la ilustre escritora proponíase especialmente el conocer lo que algún periódico de Madrid ha llamado el Bayreut del modernismo español.
Formaban parte de la artística expedición, doña Emilia Pardo Bazán, su hijo don Jaime, don Angel Guimerá, don Santiago Rusiñol, don Luís Noguera Jordá y el abajo firmado. Comenzó la nota pintoresca de la expedición, al tomar posesión de un precioso departamento de segunda clase según la cifra de la portezuela, único lujo que permiten nuestros achacosos trenes mixtos, saludando todos la vetustez del venerable vehículo, testigo sin duda alguna, de la inauguración de nuestra primera línea férrea. Con la cautela propia de estos trenes injertos, serpenteamos al rededor de Barcelona pudiendo admirar cómodamente los detalles todos de los suburbios.
Una vez en campo raso, apreciaron los espedicionarios las ventanas de este medio de locomoción, que da tiempo á los artistas para dibujar todos los detalles del animado paisaje sintiendo la ausencia de algún amigo naturalista que hubiese podido herborizar cómodamente sin quedar rezagado. Afortunadamente la conversación fue tan interesante, que lentamente el más modesto de los vagones de segunda, convirtióse en coche Salón, por lo que allí se decía, llegando en poco más de dos horas á la blanca Subur, sin otros lances que merezcan especial mención.
Esperaban en la estación las autoridades locales, las personalidades más salientes de la villa y gran número de curiosos limitándose todos con discreto acierto á cortas frases de bienvenida y evitando así á la gran escritora, la molestia que suelen llevar consigo, discursos, músicas y vítores. Durante el trayecto hasta el Cau Ferrat, los cultos suburenses supieron contener la curiosidad dentro de los estrechos límites de la más esquisita cortesía y por entre los blanqueadas casas que son la característica de Sitjes, llegamos por fin al término de la pegrinación; y coincidieron allí la satisfacción de dos grandes curiosidades: la de la señora Pardo Bazán al conocer el antro en donde se venera al Greco, á los pintores poetas italianos, á los portentosos hierros que glorifican á tantos desconocidos artistas medioevales, todo lo cual parece presidir serenamente la imagen de nuestro gran Velázquez que Santiago copió durante una excursión á Florencia, Al propio tiempo, los numerosos suburenses que admiran á la autora de Insolación, pudieron conocerla, aspiración bien natural entre los que están en comunión de ideas.
La cena, que hubiese podido ser banquete á no reinar allí la mayor cordialidad, se prolongó hasta altas horas de la noche, continuando la conversación empezada ya es Barcelona, que no decayó ni un momento gracias al encanto que posee todo cuanto dice la señora Pardo Bazán. Esta conversación, interesantísima, amena siempre y salpicada de infinitas discusiones artísticas, hizo las veces de brindis, suprimiéndose de hecho y por acuerdo tácito este penoso complemento, casi tan temible come ciertos prólogos.
De hilo en ovillo, decidióse esperar la salida del sol, para suplir la mezquindad de la luna absolutamente deficiente; y allí sentados sobre las rocas inútilmente batidas por las olas, se criticaban los matices de la aurora, las irisaciones del mar y los cambios de decoración en que ejercían de figurantes las primeras barcas que salían ya con las velas débilmente henchidas por la brisa. Pero decididamente los astros estuvieron ayer poco corteses y en vista de la pereza del sol nos despedirnos á la inglesa, yendo en busca de un descanso merecido, no sin bautizar antes el Cau Ferrat con el nombre castellano admirablemente sujerido por la señora Pardo Bazán: el nido Férreo.
Hoy, durante el almuerzo, ha continuado el interview general, añadiendo mayor interés aún la presencia de Arcadio Mas y Fontdevila del violinista Fontovu, que nos ha cautivado poderamente con su portentosa maestría, y del director de LA VANGUARDIA.
El regreso ha podido verificarse en mejores condiciones, gracias al confort relativo del tren correo, acompañando á la ilustre escritora numerosos amigos y admiradores, mientras asonabas por todas las puertas y ventanas los hermosos rostros de las suburenses, entre las cuales cuenta la señora Pardo Bazán innumerables lectoras. En la calle, dos preciosas niñas que figuraron en la representación de la Intrusa, han ofrecido á doña Emilia un procioso ramo de flores, cortads en los cármenes de Sitjes, casi por representación general
En resumen; si doña Emilia Pardo Bazán conoce ya ese nido de modernisitas pacificos revolucionarios del Arte, los suburenses todos guardarán indelebles recuerdos de esta visita, durante la cual, han demostrado conrespetuosa simpatiá la admiración que sienten hacía la ilustre escritora que ha creado en España un elevadísmo naturalismo.

Sitjes, 20 julio 95
M. Utrillo

 

Bonjour tout le monde !

5 novembre 2010

Je n’ai pas la fortune pour suivre la littérature et les arts espagnols contemporains et je connais très peu la littérature et les art espagnols des exilés du XX éme siècle.
Je vis en espagne où je découvre des artistes et des écrivains qui m’étaient inconnus. Ils  m’apprennent des choses encore plus inconnues sur des artistes, des écrivains que je connaissais.
Ma curiosité s’est manifestée à la rencontre de quelques figures de la «Génération del 98» qui à leur « âge » de vie étaient toutes bien contemporaines.  A partir d’une,  j’ en ai rencontré une autre qui m’a parlé de la troisième qui elle me parlait de la première. Leurs écrits sont du temps passé, mais l’important est de voir ce qu’il y a d’actuel et le permanent .

Leopoldo Alas est mort à 49 ans. j’en ai 60. Comment a-t-il vécu ses 30 ans, ses 40 ans ? Les miens ont été un peu boiteux.

Tableaux merveilleux qui se faisait au fil de mes découvertes.

Ce blog est dédié aux artistes espagnols de la Fin XIX et au début XX

Rémy